Un mal día en la vida de Daniel Arizmendi

Carlos Monsiváis
(23/08/98 Proceso 1138)

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El encarcelamiento de Daniel Arizmendi es el suceso de la temporada. Pero un suceso que, contrariamente a las previsiones, frustra y decepciona en un sentido profundo a la nación que lo esperaba y exigía: en vez de alcanzar alturas del cinismo o del reto, una vez capturado, el Enemigo Público Número Uno (de la lista de origen humilde) se borra a sí mismo, se anula en la indiferencia, oculta o declara inexistente a su sensibilidad. ¿A quién se le tuvo entonces y con excelentes razones, tanto miedo y odio? A un ser peligrosísimo, inhumano, que expresa perfectamente la despersonalización criminal. Pero que ya detenido, no revela siquiera elementos de pintoresquismos, de personalidad, de humor, de rabia, de vanagloria desafiante o, por lo menos, de complacencia ante el inmenso show que lo rodea.

Así no lo parezca, ¡qué anticlímax! Los medios informativos producen la escandalera de un siglo donde intervienen Goyo Cárdenas y los narcosatánicos, los epítetos se acumulan (Y por excepción, casi todos dan en el blanco), cientos de reporteros, fotógrafos y periodistas ansían su imagen y sus palabras, y él, displicente, traduce su condición clínica: "No estoy loco, pero puedo cambiar de un momento a otro". No, Arizmendi no es Jack El Desmembrador entre las brumas de una Ciudad Neza súbitamente porfiriana. Es tan sólo, y eso nos resulta suficiente, un asesino que ya no podrá ejercer su crueldad. El entrevistador se lo pide mientras prepara la pregunta demoledora y Arizmendi exhibe sus orejas: ¿Qué pasaría si se las cortaran? Más con gestos que con frases responde: le da igual, o si le importa, o no. Por lo pronto, se arrellana en el fastidio y la lejanía psicológica. Desde su perspectiva, ha vuelto con desgano a ser el de antes, ya no El Mochaorejas, sino un individuo por entero distinto, que ha perdido los rasgos de su carácter o los símbolos de su poder: las tijeras cortapollos, los telefonazos de intimidad a los jefes policiacos, la prepotencia con los detenidos, el maltrato a los familiares, las casas de seguridad, la lealtad de su banda: "Cuando invito a gente a trabajar, cree en mí: eso es ser líder" (Entrevista de Roberto Garduño, La Jornada, 19 de agosto de 1998).

De Arizmendi se sabe ya casi todo sin que la información nos sea suficiente: 40 años de edad, expolicía judicial de Morelos, 21 secuestros reconocidos, tres asesinatos (dos por no recibir el dinero, el otro en el intento de secuestro), liderazgo sobre un grupo extenso, relación —que niega— con jefes policiacos ("No conozco yo a policías de Morelos, nunca he tenido relación con algún policía"), fe en el azar ("He tenido la suerte de que la gente crea en mí"). Al secuestro se dedicó ante el florecimiento de la industria, y en este ramo no es un precursor ni un innovador, sólo alguien sin escrúpulo alguno y con don de mando, que un día determinado lanzó miradas de cazador sobre una sociedad indefensa y localizó la actividad que le convenía. Según María de Lourdes Arias, su esposa, Arizmendi, en 1996, le anuncia su retiro del robo de autos, "que ya no es negocio. Ya tengo otro negocio. Ya tengo una persona y voy a pedir dinero por ella". Ella se angustia:

Le pedí que hiciera otra cosa, que no nos pusiera en riesgo, que vendiéramos algunas propiedades y pusiéramos un negocio, pero me contestó : "Yo no sé hacer nada bien, lo único que sé es portarme mal" (Reforma, 19 de agosto de 1998).

La vocación servida por la experiencia. Como secuestrador, Arizmendi es un éxito: Reforma contabiliza 4.7 millones de dólares, 25 casas, 43 millones de pesos hallados en una caja de su residencia de Cuernavaca, 601 centenarios, y 50 presuntas víctimas que reclaman ante la PGR 33 millones 930,330 pesos. Delinquir rinde. Y tanto más si el malportado es un coleccionista del placer de la superioridad instantánea sobre la víctima. Sólo de modo indirecto, Arizmendi reclama para sí el disfrute mayor: el poder devastador sobre otros cuerpos, la victoria reiterada sobre la debilidad ajena: "Yo creo que sí volvería a empezar. Aunque tuviera 100 millones de dólares lo volvería a hacer. Secuestrar era para mí como una droga, como un vicio. Era la excitación de saber que te la estabas jugando, que te podrían matar. Era como adivinar, ahora le corto una oreja a este cuate y va a pagar". ¡Y pagaban! "No sentí nada ni bueno ni malo, al mutilar a una víctima. Era como cortar pan, como cortar pantalones" (En Reforma).

Los actos de Arizmendi se desprenden de la exigencia de una imagen fuerte: "Pues tenía que ser uno enérgico para poder llegar a obtener algo, si no, de lo contrario no darían el dinero... Sale de mi mente hacerlo. Me nace, y es lo que yo pienso que se debe de hacer, se hace". El paisaje del horror se despliega, pero este musco de las psicopatías que la PGR describió al presentarlo a los medios, no se siente excepcional, si le damos crédito a su actitud visible y a sus palabras. Es el dueño de una pequeña y muy lucrativa empresa que al venirse abajo lo destruyó arrastrando a varios en su desgracia, y es también el secuestrador que por encima de todo mantiene su lealtad a la célula básica de la sociedad: "Mi familia significaba mucho, ¿no?, mi familia es todo lo que hay, todo lo que tengo en la vida... Creo no ser un buen papá, porque por lo regular lo único que yo sabía hacer hacia mis hijos era hacerles llegar el dinero, porque me gustaba tener dinero y hacerles llegar dinero, que siempre tuvieran dinero, porque era mi idea que tuvieran dinero mis hijos".

La contradicción más significativa de Arizmendi es la distancia entre su rechazo a la mínima conciencia ética y el apego a su familia. Pero a reserva del más adecuado juicio de los psicoanalistas, Arizmendi prescinde de cualquier asomo de conciencia, pero sigue sintiéndose responsable de la administración de su empresa, y por eso le dice con insistencia a sus cómplices: "Es estrictamente un negocio", y en una industria tan competida como la del secuestro. En las entrevistas, y ése es su rasgo más destacado, Arizmendi no se altera, no representa ni remotamente al asesino acorralado cuyas imágenes definitivas corren a cargo de la memoria fílmica de Peter Lorre (M), Víctor MacLaglen (El delator) o Carlos López Moctezuma (Canaima), Jack Palance (Pánico en las calles). Es el criminal más buscado y detestado de México, pero eso no le atañe, ni siquiera cuando nada más le queda enfrentar el aluvión de preguntas que lo sitúan como al degenerado por excelencia:

—¿Le emocionaba cortar orejas?
—No, era normal para mí, ni me daba miedo ni me daba temor. Como si fuera una cosa normal.
—¿Qué más era normal para Daniel Arizmendi?
—Pues no entiendo lo que quiere decir.
—Aparte de cortar orejas en esta actividad que usted escogió, qué otra cosa era normal. ¿Era normal mortificar a las familias de las víctimas?
—Pues, sí, si en eso estábamos, era una cosa normal a la que se tenía que llegar, a un terror, a mortificarlos.
—¿Eso es normal?
—Pues para mí, te digo, no sentía angustia, miedo ni nada, era lo normal. Te digo...
—¿Por qué tiene el valor de matar a otras personas y no matarse a sí mismo?
—Porque te digo que no soy ni muy valiente ni muy cobarde, soy una persona muy centrada, entonces, sí te da temor la muerte, ¿no?
—Pero eres siniestro, Daniel.
—Eso sí, te digo, y no me da miedo. Para mí era normal, nunca sentí ser siniestro, simplemente lo hacía.
—¿Era normal matar, secuestrar?
—Mmm. Sí. (Entrevista con Roberto Garduño)

En la revisión de las entrevistas y los videos de Arizmendi, una conclusión parcial se impone: la amoralidad tajante del secuestrador en mucho depende de la relación entre su salvajismo natural (por así decirlo) y su pobreza terminológica. Al manejarse en el universo estrechísimo de los 200 vocablos, todo lo aprende de los hechos, y en ellos deposita, íntegra, su confianza. No me refiero únicamente a la ignorancia, sino a algo muy específico: el desprecio por el valor de las palabras, parte de su desprecio por la vida humana. Nada le dicen, nada le transmiten. Estamos ante el caso (encanallecido) del nuevo primitivo urbano, que habita sin compromisos y sin sentido alguno de goce del lenguaje, y que lo usa para transmitir lo indispensable sin sentirse afectado por sus zonas vibrátiles, ni siquiera por la cursilería. Esto en sí mismo no indica peligrosidad alguna, pero si a la "afasia verbal" se le suma la vocación criminal (que existe) y la asociación privilegiada con los jefes policiacos (innegable, así todavía no se compruebe penalmente), el resultado es la figura abominable, el Freddy Krüger de la pesadilla nacional, esa masa sanguinaria que va de las hondonadas del inconsciente colectivo (no por indefinible menos existente) al amarillismo informativo. Presionado por las preguntas idénticas y el morbo periodístico equilibrado por la presentación de la ira, el personaje se reivindica ante sus propios ojos porque, en última instancia, su gran acto gratuito fue, y reiteradamente, la comprobación de su coraje.

—¿Por qué más y más dinero?
—El dinero nunca me emocionó, el ver una cantidad que me dieran de una recompensa, 10, 20 millones, nunca me emocionó eso. Me emocionaba más el ir a la hora en que se iba a secuestrar a la persona, el ir a la hora en que se iba a cobrar. Era un miedo emocionante.

La salivación del riesgo, el orgasmo más verdadero del criminal. Arizmendi, ante los medios, no se deslinda de su pasado. ¿Por qué debería hacerlo si a lo largo de dos años de secuestro y doce años de carrera delictiva, ahorró suficientes emociones como para disponer de antídoto en el siglo de la cárcel que le espera? Sus delitos son sus medallas al mérito: lesiones, amenazas, portación de armas, privación ilegal de la libertad en la modalidad de secuestro, homicidio calificado. Sin duda, su buena suerte la espalda le ha volteado. En su diálogo con Reforma (3 de julio), Arizmendi explicó o quiso explicar su determinismo. Se le pregunta si será difícil que lo atrapen, y se abre de capa:

Con suerte les puede ser muy fácil, porque aunque México es muy grande, se puede hacer muy chico cuando el destino quiere. Pero se puede hacer muy grande cuando el destino lo quiere para otra persona. O sea que algún día probablemente me puedan agarrar. No sé cuando, pero ni modo, ¿verdad?. Así es la vida. Me metí en esto. Es una salida que no tiene camino y que no puedes regresar. Si regresara, me regresaba, pero no se puede (ja, ja) (...) Si pudiera regresar todo atrás, empezaría de nuevo y no haría nada (...) Realmente trabajaría, que es una cosa muy difícil, porque los sueldos, la vida, está muy difícil.

Hasta donde llega en la aceptación de influencias, Arizmendi se exhibe con esta declaración: ha visto demasiadas películas malas y ha memorizado sin proponérselo parrafadas de las telenovelas. Pero su determinismo es falso, como es fraudulenta su fe en la suerte, porque a lo que se atuvo siempre fue a la complicidad de jefes policiacos, y sólo la caída de sus protectores lo entrega en brazos del destino. De igual manera, las psicopatías, reales, se potencian cuando al psicópata, con impunidad, se le da licencia para serlo. Arizmendi es un monstruo por su carga psíquica y, sobre todo, porque pagó con abundancia sus cuotas para que le permitieran actuar así.

"Un mal día", es el epitafio que le merece a Arizmendi su captura. Mal día penal, pero excelente jornada publicitaria para quien hace todavía quince años vivía en la calle Mario de Ciudad Neza, y que fue detenido con el estrépito de la antiepopeya, cerca de la casa de seguridad, por un comando de nueve hombres de la Policía Judicial del Estado de México. Poco antes, el 6 de agosto, asesina al empresario Raúl Nieto del Río en un intento de secuestro y, en pleno delirio psicodramático, para justificar los 15 millones de dólares que pide por Nieto del Río, maquilla al cadáver, le toma fotografías, le corta las dos orejas, y las manda a los familiares. No es de extrañar, entonces, que ansíe o acepte su ejecución.

Entiendo perfectamente, así no la comparta en lo absoluto, el reclamo de pena de muerte que este caso origina (Me es más difícil captar las razones y los procedimientos de Luis Miguel Ortiz Haro, diputado priísta en la Asamblea Legislativa del DF: "No hay nadie en la sociedad que esté de acuerdo en la manutención de este señor mientras esté en la cárcel. A mí me parece que no sólo pensamos en la muerte, sino en una muerte muy dolorosa. Había que generarle un gran sufrimiento, pues es lo que merece, por lo que mi propuesta es que lo colguemos en una plaza pública vivo, y repartamos alfileres para que la gente toda, los ciudadanos, piquen sus partes nobles hasta que muera", La Jornada, 20 de agosto de 1998). Más que ningún otro delincuente de clases populares de los tiempos recientes, Arizmendi indigna y subleva por la violencia mutiladora y la incapacidad de autocrítica e, incluso, de autoconmiseración. "No me arrepiento de nada". Esto es, no le entrego a mis captores, y a mis ejecutores potenciales, siquiera el homenaje de acatar la tradición del melodrama. Arizmendi no concede ni se le ocurre hacerlo: El reportero de La Jornada le pregunta: "¿Qué le puedes decir a la gente que agrediste?", y contesta desde la insolencia de la sinceridad: "No me nace decirles algo, porque sería pura hipocresía". Y su desdén por las ceremonias del perdón, la lleva al extremo. Devoto guadalupano, prodigador de imágenes religiosas en sus casa, Arizmendi es muy escueto en su relación con El Altísimo: "Yo a Dios le pedía ayuda para que me cuidara a mí, no para que le hiciera daño a las víctimas. Dios es bueno. Y le pedía que me ayudara a obtener más dinero. El perdón se lo pido a Dios, que para eso está". Más claro ni el sistema financiero. Y finiquita su amenaza. "¿Arrepentido? No estoy. No tengo que pedirles perdón a las víctimas ni siquiera a Dios, porque él está para eso".

Daniel Arizmendi es, antes que fruto de la descomposición social, un resultado macabro de la descomposición de los mandos policiales.

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