Azcárraga Milmo y la "filosofía de Televisa"

Carlos Monsiváis (23/04/97 Proceso)

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Si, como se insiste ahora, los grandes empresarios son por naturaleza grandes mexicanos, Emilio Azcárraga Milmo (1930-1997) es sin duda un gran mexicano. Si hablamos en términos feudales, se le entrega un reino significativo pero restringido, y lega un imperio, formidable en cuanto a poderío económico (3,200 millones de dólares de los cuales 54.4% es de la familia Azcárraga), presencia considerable en el mundo de habla hispana, tecnología de punta, enorme capacidad de convocatoria y producción, utilidad política (ya disminuida) y fuerza de proyección que atestiguan entre otros Roberto Gómez Bolaños Chespirito, cantantes juveniles y actores y actrices de telenovela. A su muerte, el reconocimiento de Azcárraga ha sido casi unánime, y en el ámbito político se ha dado el consenso que se inicia con la frase: "Fue un hombre controvertido". A los elogios del gobierno, el PRI y el PAN se agregaron los del PRD. Afirma Jesús Ortega Martínez, secretario ejecutivo del CEN perredista: "Televisa se transformó notablemente y fue el primero en permitir una mayor apertura a los medios de comunicación, así como una actitud más imparcial en el tratamiento de temas de cuestiones políticas", y Ramón Sosamontes, secretario de Acción Legislativa del PRD, complementa: "Con el deceso de Azcárraga, se cierra una etapa en la televisión mexicana en una empresa que como tal hay que defender, porque también impide el embate fuerte de las empresas norteamericanas que quieren controlar el espacio mexicano" (El Nacional, 17 de abril).

En Nueva York, Los Angeles, Río de Janeiro, París, Azcárraga Milmo es figura de la alta finanza, comprador de arte, propietario de yates y residencias, emblema de la mezcla funcional entre la modernidad de la alta tecnología y el arcaísmo de la concentración de poderes y la empresa de un solo hombre. En el horizonte de la globalización empresarial, tan desacostumbrado ya a las personalidades que monopolizan las decisiones, Azcárraga asombra. Todavía en febrero de 1997 la correduría Merril Lynch afirma en un boletín:

En Televisa ninguna decisión se toma sin la aprobación del presidente de la empresa, incluyendo programación, adquisiciones, actores, contenido de noticias, etcétera. (Citado por Claudia Fernández, El Universal, 17 de abril).

Azcárraga, de acuerdo con los relatos que han integrado su leyenda: visionario y autoritario, magnánimo y dictatorial, ubicuo y reservado, poseedor del mayor espacio de resonancia y carente de discurso público, guadalupano y cosmopolita, sagaz y explosivo. En lo tocante a poderío financiero, influencia política y transformación de un estilo personal en método nacional de uso del tiempo libre, El Tigre Azcárraga es uno de los Mexicanos del Siglo XX, que evade el destino típico de los juniors, convierte a su padre (Emilio Azcárraga Vidaurreta, extraordinario a su manera) en su precursor, irrita cíclicamente a la opinión pública y la mantiene atenta a sus decisiones. Megamillonario, pregona su riqueza; deudor del sistema político, jamás esconde sus lealtades ("Soy soldado del PRI y del presidente"), zar del entretenimiento, respeta con escrúpulo lo que considera su desempeño básico: divertir a las clases populares y las clases medias, hacerles ver que si no les quedó más remedio y se quedaron en su casa, por lo menos allí disfrutarán de los ofrecimientos de Televisa. Para Azcárraga Milmo, y al respecto siempre fue sincero, a la televisión le toca servir de consuelo al sedentario. Este habría sido su mensaje: "Estás aquí, frente al aparato, porque no pudiste ir a otro lado. No te preocupes, haremos que tu resignación se vuelva alborozo". De allí la intervención de Azcárraga que le fue tan criticadaa y que, de un modo u otro, aún se considera "la filosofía de Televisa". En un homenaje a Verónica Castro y el equipo de la telenovela Los ricos también lloran, expresa, llevado por la euforia:

México es un país de una clase modesta, muy jodida... que no va a salir de jodida. Para la televisión es una obligación llevar diversión a esa gente y sacarla de su triste realidad y de su futuro difícil.

Para muchos de nosotros este discurso encierra la condena determinista de los pobres. Según comentó Azcárraga, se interpretaron mal sus palabras concentrándose la atención en la dureza de las frases y no en la solidaridad implícita. Por lo demás, se apega hasta el final a esta idea del sentido de Televisa. En su última aparición pública, el 3 de marzo de 1997, al transladarle el mando a su hijo Emilio Azcárraga Jean, declara:

Queremos agradecerles a las gentes que nos ven, decirles que sigan confiando en la compañía que tenemos, porque es una compañía verdadera, sólida y lo único que persigue es el entretenimiento de las clases medias, medias bajas y populares.

No podemos evitar a los que tienen mucho dinero, pero no nos interesan mucho, la verdad. Nuestra programación va a ser siempre para las clases populares, así que quiero pedirles que nos vean, que nos apoyen y no se van a sentir defraudados, sino orgullosos de lo que hacemos en español.

La invención del Centro del Hogar

En sentido estricto, Azcárraga continúa la línea de su padre, fundador de la XEW (Voz de la América Latina desde México) y de Televicentro, y promotor en el campo de la industria disquera de numerosas carreras, entre ellas la de Agustín Lara y Jorge Negrete. Azcárraga Vidaurreta llega a decir: "La radio inventó el ama de casa", y desde cierta perspectiva tiene razón, su empresa fue la promotora más empeñosa de ese diálogo con el aparato que armó la naturaleza urbana del ama de casa. A su vez, Azcárraga Milmo contribuye decisivamente a inventar "el centro del hogar". A la televisión española, Azcárraga le confía su cosmovisión:

La televisión llega a las casas de las gentes, llega a lo más íntimo de las gentes, yo a veces les digo a los señores arquitectos que deberían diseñar las casas empezando por donde va a estar la sala, por donde va a estar la televisión, porque es el punto de reunión de todas las familias, une a las familias, unifica a los criterios, trae una cosa importantísima que es el entretenimiento. (Transmitido por Televisa, 16 de abril.)

El entretenimiento, Centro del Hogar, así en muchísimos casos no haya tal cosa como la sala. Al respecto fue muy sincero Azcárraga Milmo, en su fe en la dotación de alivios para los desposeídos. De alguna manera, así podrían verbalizarse las ofertas de la empresa: "Si nada tienes, te ofrezco un patrimonio a tu medida, el cúmulo de imágenes entrañables, impresiones y referencias que serán tuyas con sólo aceptar estas imágenes, admirar a estos artistas, reírte de estos chistes, emocionarte con estas canciones, asentir ante esta información política, familiarizarte con estos comerciales. Si nada tienes, el fin de tu vacío es el entretenimiento". Nada que de una manera u otra no se dijese en el mundo entero, pero que en México se encauza por la relación cordialísima entre Televisa y los gobiernos, y por el inicio simultáneo de dos carreras: la del PRI en 1929, y la de los Azcárraga en 1930, con la fundación de la XEW. Hasta hace poco, Televisa no sólo era la magna empresa de telecomunicaciones, sino la idea gubernamental del entretenimiento, de aquello que retiene en los hogares, apacigua los ánimos, despolitiza sin dolor, alarma a conveniencia, provee de un lenguaje común a la sociedad, marca los niveles familiares de lo indecible y lo inconcebible, refrenda el nacionalismo "decoroso", pone al día el melodrama, refuerza las tradiciones (no todas, sólo algunas de las fundamentales, de las transmisiones desde la Basílica el 11 y 12 de diciembre y el despliegue de las visitas papales al cardenal Rivera desposando en Las Vizcaínas a Lucero y Mijares), renueva de vez en cuando el habla popular (un ejemplo: Héctor Suárez en ¿Qué nos pasa?) y le imprime a sus comerciales el carácter de lugares comunes del hogar, efímeros pero persuasivos.

La fuerza y las limitaciones de Azcárraga Milmo se concentran en la idea del entretenimiento que no habrá de modificar en lo básico, así en fechas recientes la competencia y los cambios sociales ya demandan cambios estructurales. Desde su punto de vista, sustentado en el rating y el crecimiento de Televisa, está en lo correcto, lo suyo no es aleccionar o educar sino ayudar al consumo (lo más divertido que se pueda) del tiempo. Todavía en los años setenta es impensable la dimensión cultural de la televisión, y según la consigna que aceptan sin comentarios los gobiernos, el obrero o el burócrata o el ama de casa, fatigados, poseen, casi como derecho constitucional, el de pasarla bien sin complicaciones, y los niños, librados a la suerte de la vida moderna, requieren de la tutoría de programas que les fascinan al margen de los requisitos de lectura. Todavía más: de acuerdo con este razonamiento, si al público que en su anterior reencarnación fue pueblo, se le exige en demasía en el trabajo, nada más justo que el público, a la hora de sentarse frente al aparato ya no exija nada. Y los métodos televisivos que le dan fluidez a estos argumentos arraigan en los resultados de cuatro décadas de entrega de los espectadores, de estudio detallado de la experiencia norteamericana, y de una visión del público mexicano que, en lo fundamental, se desprende de la lógica priísta. Si votan por quienes les digamos, ¿por qué no van a gustar de lo que les demos? En los ochenta, Azcárraga querrá enmendar tal visión fatalista del espectador, y creará el Canal 9, dedicado a la cultura, que, por desdicha se suprime por incosteable. Pero este paréntesis no afecta la seguridad de Televisa; el público no es perfectible, no quiere algo distinto a lo que producimos, no comparte las posiciones críticas, se aburre con la alta cultura, se desespera si no siente que la televisión está a su nivel: "Así me expreso, así hablo con mis vecinos, estos chistes hago, así desafino al cantar".

"Este comercial autoriza al lector a prescindir de estas páginas"

El convivio entre el gobierno y Televisa, así se confine sólo en lo político, afecta durante largo tiempo la capacidad de renovación de la empresa, y frena muchos intentos de cambio. En este campo la acusación más frecuente a la empresa es "manipulación", lo que sólo parcialmente es justo. La intención de manipular se da, pero secundariamente, y ajustada a las técnicas frenéticas de la publicidad; lo principal es ofrecerle al público lo que ya se sabe lo satisface. Porque, ¿qué manipulación se necesita ante el éxito abrumador de series y programas más allá de cualquier crítica? La falta de alternativas manipula sola, y por demasiado tiempo Televisa, como muchas otras instituciones del país, emblematiza la falta de alternativas.

La televisión modifica la vida cotidiana y, de hecho, al instaurar el Centro del Hogar, transforma en México, como en cualquier otro país, el sentido de la vida familiar. Esto, en la provincia o en las regiones trae consigo cambios inesperados, ampliaciones de criterio, las nuevas costumbres que se adquieren al ver a diario costumbres distintas o extrañas (no se intentan para la televisión la censura parroquial que en algo afectó el tiempo del cine, no hay Liga de la Decencia que supervise el contenido de los programas, así haya pactos implícitos con la Iglesia católica). Al cabo de unas décadas es inútil poner a competir la misa de siete con la telenovela de la tarde. Y será inútil también el proyecto de "adecentar" la televisión. Quizás, en este contexto, el homenaje a pesar suyo más patético a Emilio Azcárraga es el acto de "linchamiento de aparatos de tele", protagonizado en 1993 por un grupo dirigido por César Coll, hoy alcalde panista de Guadalajara. En protesta contra "el hedonismo", y programas como Cristina, Coll y los suyos destruyen varios aparatos ante Televisa-Guadalajara. Sin que ellos lo sepan, repiten el acto de los luddistas ingleses que destruían las máquinas para contener a la revolución industrial. Todo en vano. Desde la llegada del video-casette, la única censura indetenible es el cambio de canal.

A los grandes cambios que la televisión provoca (el sentir la inmediatez del mundo, el equiparar el vivir fuera de la moda con el vivir en el atraso, la obligación de asimilar incluso lo que no se comprende, la información a ráfagas y a raudales, la adopción periódica de los personajes de la telenovela favorita como miembros de la familia, el reparto a domicilio de los ídolos sexuales), corresponde también un desentenderse de la realidad, o un aceptar de los televidentes de lo ajena que les resulta la política nacional, propia del país donde "nada tenemos que ver". Por décadas, la despolitización es uno de los compromisos del espectador con la televisión privada. Explica Fernando Mejía Barquera (La Crónica, 17 de abril): "Si el primer Emilio Azcárraga construyó una peculiar política con el gobierno, caracterizada por las concesiones y el apoyo mutuos, el segundo se encargó de consolidar esa vinculación hasta hacerla prácticamente una simbiosis durante periodos electorales y en el momento de difundir a la población los mensajes y la propaganda gubernamentales, cerrando incluso durante mucho tiempo sus canales de TV y emisoras de radio a la expresión de las fuerzas opositoras".

Según los cínicos, estas fuerzas no lo serían tanto puesto que no lograron hacerse oír. Como sea, en la expulsión de lo político se consuma otra paradoja de Televisa: moderniza a su auditorio, mientras ayuda a encerrarlo en la minoría de edad de la despolitización. Pero lo que se filtra es considerable. Televisa, presionada por los ritmos de la televisión norteamericana, y queriéndolo o no, entre mensajes de amor y sumisión a la familia y a las buenas costumbres, y refrendos de censura moralista (bip para las "malas palabras" y nada de situaciones inconvenientes), halla muy rentables los shows de sensualidad, y admite progresivamente el debate sobre "lo prohibido", en un ciclo que va de las mesas redondas dirigidas por Jacobo Zabludovsky en los setenta en torno de la diversidad de opciones sexuales, entre otros temas, a los programas de Shanik o, muy especialmente, Cristina Saralegui, con la irrupción masiva de lo heterodoxo que ya no ve la hora de narrarle a todos su intimidad (Lo que va del confesor al psicoanalista al comunicador en Triple A). Valdrá la pena examinar la apertura inevitable de Televisa de 1972 a 1997, de la cancelación de la serie de Nino Canún donde se abordó "lo indecible" (el aborto, la homosexualidad, la sexualidad infantil, el sida) a la "expulsión" de Cristina al cable, a la explosión de programas de nota roja, donde "lo indecible" y "lo invisible", promovidos por la violencia urbana, hallan lugar.

Tecnología de punta, programación como antes

En diciembre de 1972 y enero de 1973, nace Televisa (Televisión Vía Satélite, S.A.), un proyecto de ampliación de mercados a partir de la comunicación por satélites. Mejía Barquera explica: "Si al padre le tocó construir una empresa cerrada, prácticamente familiar, el hijo tuvo que iniciar una apertura moderada, una modernización financiera, a través de la colocación de acciones en la bolsa de valores y de establecimiento de alianzas estratégicas con poderosos consorcios de la industria de la comunicación y el entretenimiento en el mundo". La expansión, que lleva a Televisa a Europa, la vuelve en América Latina enorme factor de entretenimiento, y la incorpora de modo categórico en la televisión global, culmina en noviembre de 1995 cuando Televisa, O Globo, de Brasil, Tele Comunications International Inc. (TCI) y News Corporation, propiedad de Rupert Murdoch, firman un convenio para el servicio de televisión directa vía satélite o DTH, a Latinoamérica . (El 30 por ciento de la inversión es de Televisa.)

Es impresionante el alcance de las empresas de Azcárraga Milmo. No carece de fracasos (el diario deportivo en inglés, el Canal 9 dedicado a la cultura), algunas inversiones en Norteamérica), pero sus éxitos son prolongados, entre ellos Eco, canal noticioso de vasta influencia, y la renovación constante de haberes tecnológicos. Sin embargo, y la contradicción parece irresoluble, este avance muy poco tiene que ver con las transformaciones de la programación, aún sujeta a inercias de los años cincuenta, a la noción de un público inmovilizado eternamente en sus gustos, a la ley del menor esfuerzo. La pregunta que harían los directivos de Televisa es lo que se desprende de su trayectoria: ¿para qué cambiar si nadie lo exige? Quienes critican, al no influir en lo mínimo en el rating, son nadie. No le dan de comer a 30,000 familias, no llevan el nombre de México al extranjero, no le infunden alegría a hogares de otro modo librados a la reflexión sobre su condición económica. Y el autoritarismo, innegable, de Azcárraga Milmo, se juzga parte inevitable del temperamento de una empresa imperial.

1988 es el año donde la credibilidad de Televisa disminuye de modo abrupto, en proporción directa a la politización de las expectativas. "De la televisión espero que me informe con objetividad" y la demanda es insólita, porque hasta ese momento, seriamente, de la televisión privada sólo se aguarda el entretenimiento Juego de mutaciones: al ser distinta la actitud ante la política, es distinta también ante la televisión. El público, por momentos, vuelve a ser pueblo, o por lo menos, proyecto de ciudadanía. Luego, el salinismo parece devolver sentimientos y metamorfosis públicas a su sitio previo. El impulso de la economía y la gana de un Primer Mundo rapidito, le conceden a Televisa una tregua considerable. Aumenta la demanda del cable y un sector cuantioso de clases medias se distancia de las ofertas de Televisa, pero el Salinas Touch es suficiente como para atajar o alejar la crítica. Ya son lejanos los días de los enfrentamientos, como en 1973, cuando Televisa, en el entierro del industrial Eugenio Garza Sada, asesinado por guerrilleros, que preside Luis Echeverría Alvarez, transmite íntegro el discurso de un regiomontano, Ricardo Margáin Zozaya, que censura al presidente por crear el clima que desató la violencia. Esa noche, desde la Presidencia intentan en vano interrumpir la transmisión del regaño. Azcárraga no acepta la exigencia, y por un tiempo se distancia de Echeverría. Con Salinas esto jamás sucede. Y en 1994, pese a deseos de cambio, como los programas de debate conducidos por Ricardo Rocha, aún no se concibe la imparcialidad.

"Hermosa República Mexicana. El Canal 2 te saluda"

Se ha insistido en estos días. Televisa ha creado un espectador que es la síntesis de programas, comerciales, video-clips, tiempos muertos ante el aparato, monitoreo distraído, rechazos pasivos, enojos semestrales, fascinación ante lo que se dé. Este mexicano-made-in- Televisa explicaría rasgos definitorios del presente... No estoy tan seguro, o, más bien, tiendo a descreer de la existencia de este monstruo de Frankenstein, o de ese "replicante mediático". Ciertamente, la niñez de varias generaciones está marcada por Televicentro/Televisa, y son alud las conversaciones que se animan al recordar a protagonistas climáticos de la tele, hoy sujetos al olvido que es forma de la piedad. "Prefiero olvidarlos a imaginármelos rabiosos, desesperados, contando los años y los días que llevan sin aparecer en pantalla". Pero no es Televisa, según creo, la mayor responsable de la inercia nacional, así haya coadyuvado a la desmovilización de los ánimos. Lo que se ha vivido es el producto de un sistema muy amplio, que a cada una de sus instancias les otorga funciones específicas. Tampoco, como tanto se ha dicho, la televisión privada es la verdadera Secretaría de Educación Pública. Su influencia es radical, desde luego, y niños y adultos pasan cuantiosas horas frente al aparato, pero la conciencia cívica, y el conocimiento profesional, y las grandes experiencias vitales, y la conciencia de historia y nación, se siguen produciendo en el entrecruce de escuela y sociedad. La televisión es una gran atmósfera globalizadora, pero la mayoría de las experiencias esenciales no dependen de ella.

Emilio Azcárraga Milmo representó y seguirá representando la versión empresarial que, con muy escasas concesiones, a la televisión le otorga las funciones del entretenimiento. Según creo, esta visión ya es insatisfactoria en su absolutismo, y deberá ceder al nuevo espíritu que el desarrollo social impone. El entretenimiento persistirá, pero ya no será, ya no es el de la época dorada de Televisa. Mientras, la resonancia de la muerte indica el peso real y el peso simbólico que en México se le atribuye a Televisa y a su dirigente de 1972 a 1997. Carlos Fuentes ha resumido de modo lacónico esta reacción: "Fue un gran empresario, un hombre inteligente, de gran visión, virtudes a las que hoy quisiera rendir homenaje a pesar de las diferencias que tuve en el contenido de sus trabajos de televisión, con ciertas orientaciones políticas y de entretenimiento".

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